viernes, 6 de marzo de 2026

¿A LA SOMBRA DE SUS MARIDOS?: LIBRERAS JEREZANAS DEL RENACIMIENTO.

Puede que haya quien considere trivial el esfuerzo historiográfico empleado en rescatar oscuros nombres del pasado. O quien piense, en cambio, que reconstruir biografías en las que no se narren grandes gestas, ya se hubiesen llevado a cabo en la guerra, en la política, en las ciencias o en las artes, es un trabajo baldío. Que nada se gana en dedicar horas y horas a figuras anodinas —sombrías, pero no anónimas—  que no dejaron otra huella en la posteridad que la de haber pasado ante una escribanía pública para tomar la pluma y firmar sus testamentos, formalizar la venta de una casa, obligarse a pagar una deuda o para establecer una compañía comercial. Pero no, nada de trivial y de baldío hay en devolver el hálito a esas vidas atrapadas entre el papel y la tinta.

Que la Historia no está hecha únicamente de personajes célebres y de grandes acontecimientos lo ha dejado patente más de medio siglo de investigaciones en Historia Social. La cotidianidad, el día a día con el que se construye una sociedad, pese a carecer del poder de sugestión y atracción de lo extraordinario, cuenta con la cualidad de describir con precisión la realidad histórica.

Bajo esta premisa, a lo largo de mi trayectoria de dos décadas de investigación histórica, he logrado recuperar las vidas de los maestros en cuyas escuelas se formaron generaciones de jerezanos, las idas y venidas de los músicos que enriquecieron con sus instrumentos y melodías el paisaje sonoro de nuestra ciudad o los nombres y las relaciones personales entre los lectores y los escritores de su esfera intelectual. Y es que no se puede entender y explicar un fenómeno histórico y social sin estudiar a sus protagonistas. En mi último trabajo, dedicado al mercado del libro en Jerez de la Frontera en el siglo XVI, publicado recientemente en la Revista de Historia de Jerez, le ha tocado el turno a la figura del librero.

En efecto, el estudio de las escrituras notariales en las que los libreros jerezanos del siglo XVI plasmaron no solo cuestiones profesionales, sino también sus más diversas preocupaciones personales, confirma el floreciente negocio en torno al libro que se vivía por entonces en Jerez, síntoma de un auge económico, social y cultural. El análisis de toda esta documentación describe cómo, ante la ausencia de un gremio que controlase la competencia, estos profesionales —muchos de ellos forasteros— se vieron obligados a establecer vínculos familiares entre sí. Los Oviedo, los Cornejo, los de las Heras o los Burgos vivían y tenían sus tiendas casi puerta con puerta en el entorno de la Puerta del Real. Se casaron entre ellos y acudieron puntualmente como padrinos a los bautizos de sus hijos y como testigos de sus últimas voluntades.



Pero lo más llamativo es que en esta densa red familiar, la mujer no fue un mero actor secundario destinado a sellar o consolidar estos pactos familiares. Los citados documentos notariales nos revelan a mujeres que protagonizan conjuntamente con sus esposos la gestión del negocio del libro. Mujeres criadas desde su más tierna infancia en el oficio de encuadernar y vender libros y que, al quedar viudas, tomaron de manera decidida las riendas de las tiendas. A ellas dedicaré estas líneas.

El primer nombre que hay que traer aquí es el de Elvira de Torres. El 14 de junio de 1558 acudía junto con su marido, el librero Juan de Burgos, a la escribanía pública de Leonís Álvarez para otorgar una escritura por la que realizaba el reconocimiento de una deuda de 8.192 maravedís que el matrimonio tenía contraída con Brígida Maldonado —viuda del librero e impresor sevillano Juan Cromberger —por 'cierta cantidad de librería' que les había vendido. Una deuda que muestra  la dependencia que los libreros jerezanos tuvieron de las imprentas y del mercado del libro de Sevilla.

Pero en este punto, dado que el objeto de este estudio es la mujer en relación con el mercado del libro, el nombre de Brígida Maldonado no puede pasarse por alto. A la muerte de su marido en 1540, Maldonado se hace cargo —ante la minoría de edad de sus hijos— de la famosa imprenta y librería instalada a principios del siglo XVI en Sevilla por su suegro Jacobo Cromberger. Como en el caso de algunas libreras jerezanas, a la experiencia en el negocio junto a su marido, Brígida sumaba la de su estirpe, procedente de libreros establecidos en Salamanca, uno de los focos más potentes del momento. Con su dilatada experiencia y una aguda visión comercial, sumado al hecho de no volver a casarse, la Casa Cromberger estuvo bajo su regencia cerca de dos décadas, como demuestra la deuda contraída con los libreros jerezanos.

El de la viuda de Juan Cromberger no fue un caso único, ni en nuestro país ni en el resto de Europa. En Jerez también se encuentran nombres de mujeres que, por esos mismos años, gestionaron el negocio a la muerte de sus maridos. Uno de ellos fue el de Catalina de Oviedo. Casada con el librero Juan Cornejo antes de 1549, aportó como dote “quinze mil maravedíes en bienes que los valieron e dineros”. Quizás entre esos bienes estuviera, como se ha documentado en otros casos, alguna partida de libros con la que su marido pudiera haber emprendido o afianzado su negocio. Y es que Catalina debía de ser familiar del librero Diego de Oviedo, quien en 1540 tenía su tienda “en la collación de San Dionisio, en la calle que va a la Puerta del Real”.

Además, entre sus parientes más cercanos estaba el también librero Pedro de las Heras. Esta plena integración en el gremio se manifiesta cuando el mercader de libros aragonés afincado en nuestra ciudad la nombra heredera universal en su testamento de 1549, otorgado, precisamente, en casa de Cornejo. El 17 de agosto 1557, su marido realiza testamento ante la cercanía de la muerte e instituye a Catalina como heredera de todos sus bienes, incluida la tienda. Esta situación se confirma en el testamento que la propia Catalina otorga solo un año después, legando a “Bartolomé Cornejo, que he criado yo con mi marido, la tienda y con todo lo que le pertenecía […] más todos los libros que se hallaren en la dicha tienda de librería e como al presente está cuando acaeciere mi finamiento”.

Aunque Bartolomé recibió las herramientas de su padre y aprendió el oficio, la titularidad de la librería siguió perteneciendo a la viuda hasta su fallecimiento, que aún no había ocurrido en 1571. Catalina mantuvo la gestión —o al menos la propiedad— comportándose, a imagen de la sevillana Brígida Maldonado, como una verdadera empresaria en una ciudad que se abría, a través de sus libreros, a las más diversas corrientes culturales y de pensamiento.

 


martes, 23 de diciembre de 2025

LA NAVIDAD EN JEREZ EN EL SIGLO XVIII. LOS MAITINES MUSICALES DEL DULCE NOMBRE DE JESÚS.

 


La Navidad de la Jerez dieciochesca tuvo una verdadera "marca" o hito de su paisaje sonoro en el convento de Santo Domingo en la víspera del Año Nuevo, día en que celebraba la festividad del Dulce Nombre de Jesús. 

Los cofrades jerezanos que rendían culto a esta secular devoción, materializada en el Niño que tallara el genovés Jacome Bacaro, imagen que era sacada en procesión en la tarde de ese primer día del año, estaban detrás de unos maitines famosos por cantarse en ellos “los villancicos de Noche Buena”. 

El cronista Bartolomé Gutiérrez y las cuentas de la hermandad corroboran que la hermandad no escatimó gastos en esta que era su fiesta principal. No sólo contrató los servicios de las capillas musicales de la ciudad, como la de la Iglesia Colegial, sino que también pagará a cantores solistas reconocidos o afamados por su virtuosismo para interpretar las arias o las partes solistas de unas composiciones literarias-musicales, como eran los villancicos, que a lo largo de ese siglo XVIII se habían contaminado por la música operística y teatral que hacía furor en aquellos años entre todas las clases sociales jerezanas. Este marcado carácter profano del villancico acarreará que las instancias eclesiásticas vayan paulatinamente dictaminando su supresión de la liturgia de los templos.





A pesar de estas prohibiciones, los recitativos, las arias y tonadillas de los villancicos de Noche Buena, como los que componía y daba a la imprenta el maestro de capilla de la Colegial Felipe Muñoz, siguieron por muchos años siendo entonados en los maitines de la festividad del Dulce Nombre de Jerez. En ellos, cantores como Joaquín Castelllano, crearán un particular paisaje histórico sonoro de la Navidad jerezana que a través de nuestro trabajo La música en la hermandad del Dulce Nombre de Jesús de Jerez de la Frontera durante el siglo XVIII, publicado en el nº 23 de la Revista de Historia de Jerez, hemos pretendido recuperar.

Como ejemplo de esa sonoridad navideña que se ponía en escena en la iglesia del convento dominico por los cofrades del Dulce Nombre sirvan de ejemplo los villancicos del padre Soler:  


Enlaces al artículo: 

https://www.academia.edu/112199141/La_m%C3%BAsica_en_la_hermandad_del_Dulce_Nombre_de_Jerez_en_el_siglo_XVIII 

https://www.cehj.es/revista-de-historia-de-jerez/n%C3%BAmeros-anteriores-pdf/n%C3%BAmero-26-2023/

viernes, 19 de septiembre de 2025

Pedro Páez, un frustrado “Juan Latino jerezano”


    

   En nuestro libro Historias enmarañadas: Gonzalo de Padilla, Pedro Estupiñán Cabeza de Vaca y la cultura jerezana de su tiempo (2024), desvelamos al historiador jerezano Gonzalo de Padilla ejerciendo como catedrático de la Cátedra de Artes de Jerez a lo largo de la segunda década del siglo XVII. Este establecimiento docente era en lo que había quedado reducido el ambicioso proyecto escolar del Colegio de Santa Cruz, fundado hacia 1541 por San Juan de Ávila junto al Hospital de San Cristóbal, en la calle del Arrayán —actual calle Compás—, con destino a la formación del clero y a la preparación de los futuros universitarios.

    Profundizando en la historia de este colegio, nos tropezamos con la estrecha relación que mantuvo con la Universidad de Osuna. De una manera casi institucional, los catedráticos jerezanos enviaban a sus estudiantes a Osuna para que obtuvieran los grados o la titulación en Artes, es decir, los estudios que seguían a los de Gramática y Retórica latina y que eran imprescindibles para acceder a una facultad universitaria. Las Artes en el Colegio de Santa Cruz se leían en tres cursos anuales que comprendían la Filosofía o Filosofía Natural —reducida a los ocho libros de la Física de Aristóteles— y la Lógica o Dialéctica, también del mismo autor. Y, en efecto, sobre estas materias se examinaban los “artistas” jerezanos en Osuna para recibir el título de bachiller, licenciado o maestro en esta facultad. El grado de bachiller era el que mayoritariamente ansiaban obtener los alumnos de la Cátedra de Artes de Jerez.

    En 1572, tras haber logrado una amplia nómina de graduados en los años anteriores, el maestro Morón, catedrático por entonces del Colegio, solo envió a Osuna cuatro estudiantes, tres de ellos jerezanos. En esta nómina de aspirantes a graduarse como bachilleres en Artes se anotaba a un tal Pedro Páez, natural de Jerez.

    Nada hacía sospechar que a Pedro Páez, después de haber cursado los tres años de rigor bajo el magisterio del catedrático Morón, se le negaría ser “admitido al grado”. La causa de esta exclusión fue una circunstancia que difícilmente podía ocultarse a la vista de los rectores de la universidad: el “ser loro de color”. Es decir, su condición de mulato.



    Este episodio no es un dato meramente anecdótico. Al contrario, es interesante, pues apunta a que esta población étnica y de origen esclavo no sufrió una exclusión tan fuerte en nuestra ciudad como para que se le impidiera  acceder a una formación no solo básica, sino también media. Sin embargo, la realidad social del momento se impuso con toda crudeza. El férreo control para el ascenso social que suponían los “estatutos de limpieza de sangre” —que en aquellos momentos se estaban implantando en casi todos los ámbitos de la sociedad española, pese a la fuerte crítica de algunos intelectuales como fue el caso del dominico jerezano Agustín Salucio— cerró las puertas de la universidad a nuestro Pedro Páez. Sus anhelos de obtener los grados necesarios para alcanzar estudios mayores y universitarios, o para optar a alguna prebenda eclesiástica, se hicieron humo delante de sus ojos.



    Pero el caso del mulato Pedro Páez como estudiante de las escuelas jerezanas no habría sido el único; así lo demuestra la escritura que otorgó y firmó Juan Calvo, “de color negro”, en 1586. En ella se obligaba a pagar el resto del dinero que debía por la compra de su casa en la collación de San Salvador. Su firma, sin ser de gran soltura, demuestra un intento de escolarización.

    Nuestro Pedro Páez no tuvo la fortuna de Juan de Sessa, más conocido por el sobrenombre de Juan Latino. Quién llegará a ser el primer catedrático de universidad de raza negra contó como  sombra protectora a una de las principales casas nobiliarias de la España de la época que amparó sus anhelos y talentos. 

      El final de esta historia, el rumbo que tomó la vida de Pedro Páez, quizá nos espera, paciente, dentro de esa selva de historias que son los archivos.

domingo, 22 de junio de 2025

LA BIBLIOTECA DEL MARQUÉS DE VILLAPANÉS: ORIGEN, FORMACIÓN Y DESAPARICIÓN.




En 17 de abril de 1780, Miguel María Francisco Panés González de Quijano y Vizarrón, IV marqués de Villapanés, compraba la biblioteca que había pertenecido al marqués de la Cañada, noble erudito de la cercana ciudad de El Puerto de Santa María. Al igual que los Panés, los Tirry había forjado su mayorazgo gracias al comercio.

A la muerte de Guillermo Tirry, su viuda acometió la tarea de saldar las distintas deudas contraídas por su esposo. Con este objetivo de sanear la hacienda del mayorazgo, María Francisca de Lacy Alverville emprenderá la “venta de los bienes que nada fructifican”. Así, explicaba la marquesa: “hize visible que la librería y colección de estampas quedadas por el fallecimiento de mi marido nada producían por sí, y se hallaban expuestas a un incendio y corrupción mientras menos se usaban”. Con el jerezano marqués de Villapanés, a cuenta de varios censos, la deuda sumaba los 110.400 reales.

Enterado de la intención de la marquesa de liberarse de este “caudal muerto” Villapanés acordó con la viuda saldar las citadas deudas recibiendo la biblioteca como pago. Como ésta fue valorada en 136.185 reales, Panés “sólo” tuvo que pagar 21.626 reales y 6 maravedíes por esta colección bibliográfica llena de libros “raros y estimables”, como la describiera Ponz tras haberla visitado años atrás. Aunque Ponz habla de 7.000 volúmenes, lo cierto es que el testamento de la marquesa indica que a la muerte del Guillermo Tirry la colección de libros y estampas estaba compuesta por 4.516 volúmenes. La compra se efectuó en tres pagas, una por año, de 7.208 reales cada una.

Además de la compra de la biblioteca del marqués de la Cañada, Miguel María Panés se hará con otras bibliotecas, como fue la de presbítero y erudito local Antonio Dávila. Los manejos de Panés dentro del cabildo municipal para hacerse con la biblioteca de Dávila frustró la compra que la institución municipal pretendía hacer de la interesante colección de impresos y manuscritos de temática jerezana y que Dávila había heredado de su familiar Mateo Dávila Sigüenza. Se debe afirmar, por tanto, que la configuración de la biblioteca de Villapanés, que llegó a contar con 12.000 volúmenes, estuvo en gran parte determinada por otros lectores, bibliófilos o bibliómanos, quedando la propia sed de conocimientos del marqués desdibujada dentro de ella.

Pero para finalizar, es ineludible referir el supuesto naufragio de la biblioteca a la muerte de Villapanés. El librero e historiador Joaquín Portillo difundirá la especie de que la biblioteca se había perdido en las aguas del Mediterráneo tras sufrir naufragio el barco que la llevaba a Génova en 1828. Según Portillo, este curioso traslado había sido decisión del marqués, que así lo había mandado en su testamento. Sin embargo, el hallazgo del testamento de Panés, realizado en Madrid en 1825, contradice la versión de Portillo. Esto y la existencia de algunos manuscritos contenidos en la biblioteca de Dávila nos hace poner en cuestión la romántica y quizás interesada versión de Portillo.

Sobre las bibliotecas jerezanas del XVIII y la historia de la biblioteca de Villapanés:

https://www.academia.edu/99123281/OLIGARQU%C3%8DA_Y_LECTURA_EN_EL_SIGLO_XVIII_La_biblioteca_de_Manuel_del_Calvario_Ponce_de_Le%C3%B3n_y_Zurita_regidor_de_Jerez_de_la_Frontera_1794_

https://www.academia.edu/126777457/Historias_enmara%C3%B1adas_Gonzalo_de_Padilla_Pedro_Estupi%C3%B1%C3%A1n_Cabeza_de_Vaca_y_la_cultura_jerezana_de_su_tiempo

viernes, 28 de febrero de 2025

El VERDADERO NOMBRE DE LA CALLE “POR-VERA”.


artículo publicado en Diario de Jerez (18 de febrero de 2025)

Plano de Jerez de la Frontera (c. 1820)


La Historia está sujeta a una continua revisión. Esto es así porque en no pocos casos la explicación del hecho histórico únicamente puede ser construida mediante hipótesis. Hipótesis, más o menos acertadas, que forzosamente están determinadas por los materiales y las fuentes disponibles. Con todo, la paciente investigación da su fruto, confirmando conjeturas, desechando otras y ofreciendo un conocimiento fiable sobre determinados puntos de nuestro patrimonio cultural. Como disciplina científica cuyo fin es explicar el presente a través del estudio del pasado, sus resultados sólo adquieren su sentido cuando llegan a la sociedad en su conjunto. Jerez, por fortuna, cuenta con varias instituciones culturales privadas y con el propio Ayuntamiento que promueven la difusión de los avances en la investigación histórica. Pero también, es justo recordarlo y valorarlo, dispone de la decidida apuesta por la difusión cultural de medios de comunicación locales como el presente. Aunque siendo realistas, también hay que decirlo, la difusión no siempre alcanza sus objetivos. Dejando para otros foros los éxitos o los fracasos de la difusión histórica, la mayor frustración de los investigadores es comprobar que lo que se divulga, lo que se socializa en definitiva, son errores o imprecisiones ya superadas.

El 27 de febrero del 2013 publicamos en estas mismas páginas un artículo acerca del origen del nombre de la calle “Por-vera” (véase la entrada de nuestro blog “Xerez Educativo” https://xerezeducativo.blogspot.com/2016/02/calle-de-la-polvera-vs-calle-por-vera.html o el archivo digital de Diario de Jerez https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/fantasia-impugnada-documentos_0_674632677.html). Allí demostramos que durante toda la Edad Moderna esta se había conocido como “calle de la Polvera”. También, que dicha denominación la mantuvo hasta que a mediados del siglo XIX alguien dentro de instancias gubernativas públicas pensó que esta y otras nomenclaturas callejeras no eran más que transcripciones de una pronunciación imperfecta de su verdadero nombre; se consideró que el rótulo correcto y decoroso de tan principal y señorial vía tenía que ser “Por-vera”, justificándose en el hecho de trascurrir “por la vera” de la muralla. De este modo, los documentos oficiales comenzaron a usar esta nueva rotulación. Tal nomenclatura tomará carta de naturaleza décadas más tarde en el libro sobre las calles de Jerez del archivero Muñoz y Gómez. Pero nada más lejos de la realidad histórica. Como demostramos, ese nombre de “calle de la Polvera” que invariablemente aparece en la documentación y en los distintos planos de la ciudad hasta aquellos años centrales del Diecinueve tenía su nacimiento en haberse situado en ella, desde mediados del siglo XVI, una “polvera” o “polvero”. Es decir, una calería o establecimiento para la producción y venta de cal. 

Que aún se siga difundiendo la inventada historia de esta emblemática calle nos obliga a volver a insistir en este asunto. Y lo vamos a hacer presentando algunas noticias documentales de las muchas que se podrían traer, pero que por falta de espacio dejaremos para otra ocasión, que prueban elocuentemente su verdadera identidad. 

En el día 9 de abril de 1593, el ayuntamiento tuvo que resolver el asunto de que en la calle Corredera se había “hecho sierta polvera de cal”, la cual ocasionaba un “notable daño” a sus numerosos transeúntes. Los capitulares mandaron clausurar esta polvera ilegal indicando que la ciudad disponía de “polvera señalada” donde todas las personas que quisieran fabricar y vender su cal podían hacerlo de manera controlada y sin perjuicio para el resto de los ciudadanos (Archivo Histórico Municipal de Jerez, Actas Capitulares, tomo 34, años 1593-1594, ff. 105-105v.). Un emplazamiento para los hornos de cal que, como ya documentamos, se había ordenado en 1543 que se situara en el entorno de la Puerta Nueva, justo al lado del convento de la Victoria. De este modo, a raíz de este acuerdo municipal, se consolidará una zona de esta calle como lugar destinado a la producción y venta de cal y donde se asentarán muchos profesionales de esta industria, acabando, así, por darle su denominación como “calle de la Polvera”. Esto se puede comprobar en el otro documento que presentamos. 

En 1609, los “caleros” Martín López del Clavo y Juan Muñoz se concertarán con don Francisco de Gallegos para venderle “treinta cahizes de cal de piedra seca”. Se indica que ambos caleros eran vecinos “de la collación de Santiago”. Y, en concreto, que Martín López lo era de “la calle de la victoria junto a la polvera” (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Protocolos y padrones, caja 85-1, Escrituras otorgadas en 1609 ante Diego López de Arellano, escribano de Jerez de la Frontera, 22 de febrero, ff. 72-73). 

 

 

" calle de la Victoria junto a la polvera" Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Protocolos y padrones, caja 85-1, Escrituras otorgadas en 1609 ante Diego López de Arellano, escribano de Jerez de la Frontera, 22 de febrero, ff. 72-73

 



sábado, 8 de octubre de 2022

UNA COPIA DEL LIBRO DEL REPARTIMIENTO DE 1577.



Hoy traigo una noticia extraída de las actas capitulares del cabildo de Jerez que habla sobre una copia del Libro del Repartimiento, sin duda, uno de los principales documentos que guarda nuestro archivo municipal. Este “traslado” se realizará en 1577 por mano de Francisco de Torres, “escritor de libros” vecino de nuestra ciudad, en la calle Orbaneja para más señas.


Aunque primero, es interesante señalar que el de los llamados "escritores de libros" fue un oficio relacionado con la producción y el consumo de libros que tuvo asiento y una especial presencia en Jerez en esos años. De estos profesionales de la escritura hay constancia documental de que hubo varios trabajando para la ciudad y para fuera de ella a lo largo de la segunda mitad de ese siglo XVI para instituciones de la importancia como la catedral de Cádiz. Del citado Francisco de Torres ha quedado rastro documental de varios de sus trabajos, entre ellos, algunos para fuera de nuestra ciudad.
Pero vayamos al acta capitular de 1577. En ella se nos dice que los capitulares se habían concertado con “torres escriptor de lybros” para el “treslado del lybro de la población desta cibdad de los repartimientos de las casas”. Un encargo que quizás fuera una pieza más de esa política renovación estética que el Ayuntamiento acometía por aquellos años. El trabajo del calígrafo había quedado ajustado en un precio de cuatrocientos reales por “dozientas hojas que avran de escriptura antes más que menos y por las lumynaciones que lleva otros cien reales”. Conste que los capitulares comisionados regatearon este precio “todo lo posyble”. Finalmente el cabildo dará la libranza de esos 500 reales.



Como se observa, únicamente se habla del repartimiento de casas, no haciéndose referencia al reparto rústico. Este parece que se extraviará posteriormente, estando en la actualidad desaparecido.
Torres efectuaría su labor sobre otra copia de este reparto de casas. En concreto, la realizada en 1338 por el escribano Aparicio Martínez. Esta de 1338 es la copia más antigua que nos ha llegado.
Posiblemente, las “quatro piesas cantoneras e dos manesillas con sus hembras e machos e dos escudos el uno de las armas de su majestad y el otro de las armas de esta çiudad con las de castilla e leones todo ello de plata de cantidad de seys ducados” que se realizan en 1579 estuvieran destinadas al adorno de la encuadernación del traslado que acaba de realizar Torres apenas unos años antes.
En nuestro archivo municipal únicamente se conserva las copias de 1628 y de 1778. Pero, ¿Qué fue de esta interesante copia del documento fundacional de la Jerez castellana?


bibliografía:
Moreno Arana, J.A.: UN EPISODIO CULTURAL DE JEREZ DE LA FRONTERA EN EL SIGLO XVI. Los libros del bachiller Diego de Aguilocho, Madrid, 2019, p. 16.
Junta de Andalucía: Memoria Final de Intervención Libro de repartimiento de casas y heredades. 1338. Jerez de la Frontera. Cádiz. 2010.

martes, 2 de agosto de 2022

LA CASA DE FELIPE FERNÁNDEZ.

    

    No son pocas las casas de nuestro centro histórico que guardan historias que merecen ser conocidas. La número 7 de la calle Carpintería Baja es una de ellas. Esta casa edificada en el siglo XVIII perteneció y fue morada del presbítero Felipe Fernández, personaje que tiene su lugar en la Historia de Jerez por haber sido parte activa del episodio de la Ilustración. Sus desvelos fueron decisivos para la instalación en la ciudad de la Sociedad Económica de Amigos del País. Las Sociedades Económicas se crean con el objetivo potenciar y regenerar las bases socio-económicas y culturales locales conforme a esos nuevos tiempos e ideas que se respiraban por toda Europa. Sin embargo, diversos avatares, internos y externos, políticos y personales, dieron pronto al traste con ella, haciéndola casi inoperante, hasta que a mediados del siglo siguiente cobre nuevo impulso.


    Este desmoronamiento y división de los socios pudo ser una de las causas que llevaron a Fernández a abandonar Jerez a principios de la década de 1790 para instalarse en Londres, quizá de la mano de algún miembro de la colonia británica jerezana. Como señalaron Jiménez García y De la Rosa Mateos en la “Revista de Historia de Jerez” (2008/2009), en Londres Fernández cultiva una aplaudida actividad cultural; profesor de español, filólogo y traductor fueron labores de su todavía nebulosa estancia británica. Y es entre la bruma londinense donde su persona se disuelve en 1815.

    Siguiendo la edad que se declara en su partida de defunción, los citados autores identificaron un Felipe Fernández Argumedo nacido en Jerez en 1741 con nuestro presbítero. Sin embargo, esta identidad la desmiente el testamento de este Fernández Argumedo, casado y dedicado al campo, realizado ante el notario Manuel de Sousa en 24 de octubre de 1800.

    Pero el interés por la biografía de Felipe Fernández no es nuevo; surge a mediados del siglo XIX en el seno de la propia Real Sociedad Económica (véase: Bertemati, M., Memoria histórico-crítica de la Real Sociedad Económica Jerezana de Amigos del País, 1862; Archivo Municipal, Real Sociedad Económica de Jerez, Lib. 4, 11). Sus nuevos dirigentes buscarán realzar la figura del presbítero abrazándolo como el antecesor de sus tesis políticas liberales, en contraposición a quien fue el primer director de la Sociedad: el absolutista ilustrado marqués de Villapanés. De esas pesquisas se sabrá que en 1793 Felipe Fernández había otorgado desde Londres un poder para que Juan Antonio Ferrán médico y también ligado a la historia de la Económica jerezana, hiciera en su nombre donación de una casa señalada con el nº. 31 de la calle Carpintería Baja, numeración antigua que aún conserva en su interior el inmueble, restaurado en años recientes con una ornamentación ¿¡Neo-Andalusí!? a la que incomprensiblemente la Delegación de Urbanismo dio licencia. Tirando de este hilo, pudimos hallar el citado poder notarial, protocolizado ante el notario de nuestra ciudad Francisco Fernández Gutiérrez en 6 de noviembre de 1793. Conocemos así que la casa, que Fernández había hecho labrar y reparar, la donaba a su tía Petronila López de Alfaro, en agradecimiento a antiguos apoyos económicos que en ese momento habían cambiado de dirección. Comprada por Fernández en 15 de julio de 1785 ante el notario Antonio Cerrón, la casa lindaba con la del jurado Isidro Martínez de Gatica, curiosamente otro destacado impulsor de la Sociedad Económica jerezana. Este último documento, junto con los firmados ante el citado Cerrón en 27 y en 29 de agosto de 1782, confirman la identificación que defendimos en nuestro libro “La educación en Jerez de la Frontera en el siglo XVIII” (2012) con el fraile dominico Felipe Fernández López, quien en 1779 pasaba al estado eclesiástico secular con la excusa de disponer de cierta parte de sus propiedades para familiares y obras pías.




    En la casa de la Carpintería Baja tendrá su residencia entre 1786 y 1790, compartiéndola con otros miembros de su familia; así quedó registrado en el padrón parroquial de san Lucas de esos años conservado en el Archivo Diocesano. Entre sus paredes, reunido con su vecino Martínez de Gatica, el padre Fernández trazó sus planes para el desarrollo de nuestra ciudad. Desde el umbral de su puerta se despedirá en 1790 de familia, amigos y proyectos para encaminar sus pasos hacia tierras extrañas, pero sin perder el orgullo de considerarse fundador de la Sociedad Económica jerezana.

(artículo publicado en Diario de Jerez, en 1 de agosto de 2022.)

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/casa-Felipe-Fernandez-tribuna-libre_0_1706530085.html