“os digo que se escribió en tiempo muy turbado,
para un corregidor que entró muy en paz, […], que sucedió a otro muy
alborotado, y voluntario, de que me es forzoso darle noticia”.
Incontables “pleitos y quimeras” había traído el corregidor Jerónimo de Valderrama a la ciudad de Jerez durante los primeros años de la década de 1610. Tantos como para que el noble y erudito Juan de Argomedo y Villavicencio se empeñase en la tarea de redactar y llevar a la imprenta —una industria tipográfica que acababa de iniciar su andadura de manera estable en la ciudad gracias a la protección municipal— un breve tratado en el que se señalaban las dolencias y los remedios para curar a ese “cuerpo enfermo” que en aquellos días era el gobierno jerezano. Esta obra, de la que únicamente se conoce un ejemplar conservado en la Biblioteca Nacional de España, es un fiel retrato de las bambalinas del poder municipal jerezano de esos años que difícilmente pueden vislumbrarse en la documentación oficial.
Los “medicamentos” que Argomedo y Villavicencio receta en El corregidor, o advertencias políticas (Jerez de la Frontera, Fernando Rey, 1619) los elaborará echando mano de su amplia formación y práctica humanística. Su botica la formaban los clásicos grecolatinos y por las Sagradas Escrituras. De estos particulares botes medicinales extraerá los remedios, en forma de aforismos, citas o ejemplos morales, para curar los males que padecía el gobierno de la ciudad de Jerez.
Para nuestro autor, el corregidor, como representante directo del monarca en el ámbito local, debía ser el primer dique de contención contra el desmoronamiento del Imperio. Sanar la estado, por tanto, exigía comenzar la cura desde sus cimientos: las ciudades. Para tal fin, elabora un listado de las "enfermedades" que había llevado al desgobierno local, pero también al naufragio de la reputación de los corregidores que las habían padecido. Una protección de la reputación del corregidor que tenía no poca importancia, ya que nuestra ciudad fue plaza trampolín para estos funcionarios reales en su ascenso en el entramado burocrático de la monarquía. Y a esta baza se agarra nuestro escritor para lograr que los corregidores presten toda su atención a estas "advertencias" que se les daba.
La obra de Argomedo y Villavicencio hunde sus raíces doctrinales en el neoestoicismo y en el tacitismo. Ambas corrientes de pensamiento político y moral recorrían Europa desde las últimas décadas del siglo XVI, avivadas por la inestabilidad política, económica y social que atravesaba el continente y, especialmente, España. Para estas corrientes de pensamiento, estas crisis eran el inevitable resultado de la decadencia de los valores morales de los gobernantes y de aquellos que les rodeaban. Un escenario de corrupción política donde el bien general sucumbía frente a los intereses particulares, y la razón y la virtud eran derrotadas por las pasiones humanas.
El debate intelectual generado para corregir este desgobierno del que participa el jerezano Juan de Argomedo y Villavicencio iba dirigido a la creación de una ciencia política que estaba construida, por un lado, sobre las bases de la experiencia histórica proveniente de la lectura de autores clásicos como Tácito y en el análisis, como había propugnado Guicciardini, de los hechos políticos contemporáneos, por otro. Esta búsqueda de una ciencia política que debía ser el remedio a los problemas del gobierno público encontraba su justificación desde la moral cristiana, eludiendo así, o al menos matizando, las propuestas de Maquiavelo para que la Razón de Estado —la conservación del Príncipe en el gobierno— dominase por encima de cuestiones éticas.
Este pensamiento filosófico tiene como premisa principal una visión pesimista de la condición humana: los imperios caían por la corrupción de sus hombres, no por la fuerza de sus enemigos. Con el empeoramiento de la situación social y política (pestes, guerras, carestía, corruptelas políticas...) estas ideas van a generar una atmósfera de desilusión, que idealizaba épocas anteriores, superando a una simple visión melancólica del pasado o de la existencia humana, y que acabará derivando en el llamado "desengaño barroco" que tiñe obras literarias como las de Quevedo o Saavedra Fajardo.
En otro plano de análisis, el opúsculo de Argomedo viene a abrir otro capítulo acerca de la vida intelectual de la Jerez del Siglo de Oro. En este nuevo episodio, encontramos a sus intelectuales y humanistas discutiendo apasionadamente sobre el gobierno y la corrupción política de todas las épocas. A la misma vez, nos ofrece otra prueba de la relación entre la erudición jerezana y ese círculo humanista sevillano donde el también jerezano Francisco Pacheco ocupó un asiento principal. Y es que esta intelectualidad hispalense actuaba como verdadera avanzadilla en España en la difusión de estas ideas, como evidencia el epistolario que mantuvo Arias Montano con el padre espiritual de este pensamiento político y moral, el belga Justo Lipsio. Y esta conexión de amistad y paisanaje entre los pensadores hispalenses y jerezanos harán que Jerez estuviera a la vanguardia de este y otros debates intelectuales suscitados en la época.
No podemos negar que, cuatrocientos años después, todos estos temas adquieren una total actualidad hoy en día si los ponemos en el espejo de la política de nuestro país, dando la razón a Argomedo y al resto de los pensadores neoestoicos y tacitistas en que la degeneración moral se posiciona entre las principales causas de la pérdida de los estados.
De todo ello damos cuenta y profundizamos en nuestro artículo
publicado en Archivo Hispalense (el tercero que tenemos la dicha de publicar en tan señera revista
editada por la Diputación de Sevilla):
"El Corregidor de Juan de Argomedo y Villavicencio.
Neoestoicismo y tacitismo en Jerez de la Frontera en el siglo XVII". Archivo
Hispalense, 2025, tomo CVIII, pp. 143-171.


