Puede que haya quien considere
trivial el esfuerzo historiográfico empleado en rescatar oscuros nombres del
pasado. O quien piense, en cambio, que reconstruir biografías en las que no se
narren grandes gestas, ya se hubiesen llevado a cabo en la guerra, en la
política, en las ciencias o en las artes, es un trabajo baldío. Que nada se
gana en dedicar horas y horas a figuras anodinas —sombrías, pero no anónimas— que no dejaron otra huella en la
posteridad que la de haber pasado ante una escribanía pública para tomar la pluma
y firmar sus testamentos, formalizar la venta de una casa, obligarse a pagar
una deuda o para establecer una compañía comercial. Pero no, nada de trivial y
de baldío hay en devolver el hálito a esas vidas atrapadas entre el papel y la
tinta.
Que la Historia no está hecha
únicamente de personajes célebres y de grandes acontecimientos lo ha dejado
patente más de medio siglo de investigaciones en Historia Social. La
cotidianidad, el día a día con el que se construye una sociedad, pese a carecer
del poder de sugestión y atracción de lo extraordinario, cuenta con la cualidad
de describir con precisión la realidad histórica.
Bajo esta premisa, a lo largo de
mi trayectoria de dos décadas de investigación histórica, he logrado recuperar
las vidas de los maestros en cuyas escuelas se formaron generaciones de
jerezanos, las idas y venidas de los músicos que enriquecieron con sus
instrumentos y melodías el paisaje sonoro de nuestra ciudad o los nombres y las
relaciones personales entre los lectores y los escritores de su esfera
intelectual. Y es que no se puede entender y explicar un fenómeno histórico y
social sin estudiar a sus protagonistas. En mi último trabajo, dedicado al
mercado del libro en Jerez de la Frontera en el siglo XVI, publicado
recientemente en la Revista de Historia de Jerez, le ha tocado el turno a la
figura del librero.
En efecto, el estudio de las
escrituras notariales en las que los libreros jerezanos del siglo XVI plasmaron
no solo cuestiones profesionales, sino también sus más diversas preocupaciones
personales, confirma el floreciente negocio en torno al libro que se vivía por
entonces en Jerez, síntoma de un auge económico, social y cultural. El análisis
de toda esta documentación describe cómo, ante la ausencia de un gremio que
controlase la competencia, estos profesionales —muchos de ellos forasteros— se
vieron obligados a establecer vínculos familiares entre sí. Los Oviedo, los
Cornejo, los de las Heras o los Burgos vivían y tenían sus tiendas casi puerta
con puerta en el entorno de la Puerta del Real. Se casaron entre ellos y
acudieron puntualmente como padrinos a los bautizos de sus hijos y como
testigos de sus últimas voluntades.
Pero lo más llamativo es que en
esta densa red familiar, la mujer no fue un mero actor secundario destinado a
sellar o consolidar estos pactos familiares. Los citados documentos notariales
nos revelan a mujeres que protagonizan conjuntamente con sus esposos la gestión
del negocio del libro. Mujeres criadas desde su más tierna infancia en el
oficio de encuadernar y vender libros y que, al quedar viudas, tomaron de
manera decidida las riendas de las tiendas. A ellas dedicaré estas líneas.
El primer nombre que hay que
traer aquí es el de Elvira de Torres. El 14 de junio de 1558 acudía junto con
su marido, el librero Juan de Burgos, a la escribanía pública de Leonís Álvarez
para otorgar una escritura por la que realizaba el reconocimiento de una deuda
de 8.192 maravedís que el matrimonio tenía contraída con Brígida Maldonado —viuda del librero e impresor sevillano Juan Cromberger —por 'cierta cantidad de
librería' que les había vendido. Una deuda que muestra la
dependencia que los libreros jerezanos tuvieron de las imprentas y del mercado
del libro de Sevilla.
Pero en este punto, dado que el
objeto de este estudio es la mujer en relación con el mercado del libro, el nombre de Brígida Maldonado
no puede pasarse por alto. A la muerte de su marido en 1540, Maldonado se hace cargo
—ante la minoría de edad de sus hijos— de la famosa imprenta y librería
instalada a principios del siglo XVI en Sevilla por su suegro Jacobo
Cromberger. Como en el caso de algunas libreras jerezanas, a la experiencia en
el negocio junto a su marido, Brígida sumaba la de su estirpe, procedente de
libreros establecidos en Salamanca, uno de los focos más potentes del momento.
Con su dilatada experiencia y una aguda visión comercial, sumado al hecho de no
volver a casarse, la Casa Cromberger estuvo bajo su regencia cerca de dos
décadas, como demuestra la deuda contraída con los libreros jerezanos.
El de la viuda de Juan Cromberger no fue un caso único, ni en nuestro país ni en el resto de Europa. En Jerez también se encuentran nombres de mujeres que, por esos mismos años, gestionaron el negocio a la muerte de sus maridos. Uno de ellos fue el de Catalina de Oviedo. Casada con el librero Juan Cornejo antes de 1549, aportó como dote “quinze mil maravedíes en bienes que los valieron e dineros”. Quizás entre esos bienes estuviera, como se ha documentado en otros casos, alguna partida de libros con la que su marido pudiera haber emprendido o afianzado su negocio. Y es que Catalina debía de ser familiar del librero Diego de Oviedo, quien en 1540 tenía su tienda “en la collación de San Dionisio, en la calle que va a la Puerta del Real”.
Además, entre sus parientes más
cercanos estaba el también librero Pedro de las Heras. Esta plena integración
en el gremio se manifiesta cuando el mercader de libros aragonés afincado en nuestra
ciudad la nombra heredera universal en su testamento de 1549, otorgado,
precisamente, en casa de Cornejo. El 17 de agosto 1557, su marido realiza
testamento ante la cercanía de la muerte e instituye a Catalina como heredera
de todos sus bienes, incluida la tienda. Esta situación se confirma en el
testamento que la propia Catalina otorga solo un año después, legando a
“Bartolomé Cornejo, que he criado yo con mi marido, la tienda y con todo lo que
le pertenecía […] más todos los libros que se hallaren en la dicha tienda de
librería e como al presente está cuando acaeciere mi finamiento”.
Aunque Bartolomé recibió las
herramientas de su padre y aprendió el oficio, la titularidad de la librería siguió
perteneciendo a la viuda hasta su fallecimiento, que aún no había ocurrido en
1571. Catalina mantuvo la gestión —o al menos la propiedad— comportándose, a
imagen de la sevillana Brígida Maldonado, como una verdadera empresaria en una
ciudad que se abría, a través de sus libreros, a las más diversas corrientes
culturales y de pensamiento.


