“os digo que se escribió en tiempo muy turbado,
para un corregidor que entró muy en paz, […], que sucedió a otro muy
alborotado, y voluntario, de que me es forzoso darle noticia”.
Incontables
“pleitos y quimeras” había traído el corregidor Jerónimo de Valderrama a la ciudad de Jerez durante los primeros años de la década de 1610.
Tantos como para que el noble erudito Juan de Argomedo
y Villavicencio se empeñase en la tarea de redactar y llevar a la
imprenta —una industria tipográfica que acababa de iniciar su andadura en la ciudad bajo la
protección municipal— un breve tratado en el que se señalaban las dolencias y se ofrecían los remedios
para curar a ese “cuerpo enfermo” que era, en aquellos días, el gobierno
jerezano.
Los “medicamentos” que Argomedo y Villavicencio receta en su obra El corregidor, o advertencias políticas (Jerez de la Frontera, Fernando Rey, 1619) están elaborados echando mano de su amplia formación y práctica humanística en la lectura de los clásicos y de las Sagradas Escrituras. Pero, asimismo, su obra tiene una deuda directa de las corrientes intelectuales que recorrían Europa desde las últimas décadas del siglo XVI, en las que la crisis política, económica y social que atravesaba el continente y, en especial, España, se veían como el inevitable resultado de otra crisis: la de los valores morales de los gobernantes.
La ciudad de Jerez se descubre a través del opúsculo de Argomedo como escenario de ese debate político acerca de la crisis moral de los gobernantes y de cómo el gobierno político debía atender al bien general por encima de los particulares, y a la razón y la virtud frente a las pasiones humanas. Un debate que tiene en el belga Justo Lipsio a su padre espiritual y que buscaba hacer compatible la creación de una ciencia política basada en la experiencia histórica y la lectura de autores clásicos como Tácito con la propia experiencia de los hechos políticos contemporáneos, como propugnó Guicciardini. Todo ello sin caer en las propuestas de Maquiavelo para que la Razón de Estado —la conservación del Príncipe en el gobierno— dominase por encima de cuestiones morales. No podemos negar que estos temas adquieren una total actualidad hoy en día en la política de nuestro país, dando la razón a Argomedo y al resto de los pensadores neoestoicos y tacitistas en que la degeneración moral se posiciona entre las principales causas de la pérdida de los estados.
De todo ello damos cuenta y profundizamos en nuestro artículo
publicado en Archivo Hispalense (el tercero que tenemos la dicha de publicar en tan señera revista
editada por la Diputación de Sevilla):
"El Corregidor de Juan de Argomedo y Villavicencio.
Neoestoicismo y tacitismo en Jerez de la Frontera en el siglo XVII". Archivo
Hispalense, 2025, tomo CVIII, pp. 143-171.