miércoles, 3 de febrero de 2016

CALLE POR-VERA VS. CALLE DE LA POLVERA

Desde que comenzamos a investigar los viejos legajos y documentos del Archivo Municipal de Jerez, siempre nos llamó la atención la insistente presencia en ellos de la actual calle Por-vera escrita como "calle de la Polvera". Un nombre que me hacía cuestionar la capacidad gramatical de los escribanos de Jerez, el habla jerezana y, cuando menos, la "tradición" universalmente aceptada en el Jerez de nuestros días de que el nombre de esta principal calle jerezana provenía de su discurrir por la "vera de la muralla". El tiempo (entre legajos) y un poco de suerte todo lo acaba desvelando, como sucedió con la dichosa Polvera.


Esta investigación la publicamos como TRIBUNA LIBRE en el Diario de Jerez el 27 de febrero del 2013 y lleva por título:

La fantasía impugnada por los documentos. Del Rincón Malillo a la Por-Vera, un bello recorrido históricamente anecdótico.




LA nomenclatura de las calles del casco histórico jerezano se remonta, en la mayoría de los casos, a los primeros momentos de la configuración de la ciudad medieval cristiana y a la expansión urbana de los siglos XV y XVI. Una familia o una persona, una actividad económica, un accidente geográfico, un suceso o un edificio significativo se encuentran detrás de muchos de estos nombres, nombres que aún permanecen como algo indeleble de nuestro día a día. Sin embargo, desvanecido de la memoria colectiva, con el correr de los años, aquello que les dio nombre, tratar de dilucidar el porqué de esta nomenclatura no es siempre tarea sencilla. 

Como bien demostró el archivero municipal Agustín Muñoz y Gómez en su imprescindible obra sobre las calles y plazas de Jerez, el documento es la luz que ayuda a despejar las tinieblas que envuelven sus orígenes. Pese a ello, algunos, todavía hoy, permanecen bajo halos de leyenda, como aquella que se refiere al Rincón Malillo. Una difundida denominación que aquí parece nacer del mal estado de la muralla en aquel tramo. Tal era su deterioro, que el temor a desaparecer bajo los escombros llevó a los audaces vecinos que en 1622 habitaban este "rincón malillo de la muralla que sale al juego de pelota" a pedir cuentas a un Ayuntamiento que reiteradamente olvida sus responsabilidades en el mantenimiento de los muros patrios. Se disipan, así, los cuentos con final fatídico construidos sobre fanfarronadas de caballeros que se atrevieron a retar al Diablo en aquella encrucijada de calles del barrio de San Mateo. Si bien es verdad que la comunicación con el bullicioso Juego de Pelota, escenario recurrente para valentones y duelos de capa y espada, [véase nuestro artículo sobre el Juego de la Pelota] pudiera haber dado algún sangriento suceso que acabó abonando tan fantástica como evocadora leyenda. 

 Pero bajemos hasta la calle Por-vera. Muñoz y Gómez dice que este título proviene de su discurrir "por vera de la muralla". Una tesis que puede ser acreditada con la trascripción que Mesa Xinete realiza del repartimiento de tierras que Alfonso X hizo al Convento de Santo Domingo: "Otorgamos (…) el campo y huerta que es entre la Puerta de Sevilla y de la otra parte de la carrera que va a la par del muro de la villa" (Historia de Xerez, tomo II, p. 341). Sin embargo, en la documentación de los siglos XVI hasta mediados del XIX, esta calle es, sin excepción, nombrada como "calle de la Polvera". Sin más. Será a mediados del siglo XIX, cuando alguien consideró que "polvera" era la trascripción de una mala pronunciación de: "por vera del muro". Desde ese momento, la calle "de la Polvera" pasó a ser calle "Por-vera". Un cambio de denominación que, inexplicablemente, el archivero Muñoz intentará validar documentalmente y que se ha aceptado, hasta hoy, sin ningún tipo escrúpulo. 

 Como decimos, los documentos anteriores a esa fecha nombran a esta calle como "calle de la polvera". En esta expresión, la palabra "polvera" aparece siempre funcionando como sustantivo, lo que da a entender que se hace referencia a un objeto (la polvera) que había caracterizado o que era propio de esta calle. Esto, a menos que, en siglos, nadie hubiera pronunciado y escrito correctamente: "Por la vera del muro", pero sabemos que Jerez no fue tan analfabeta como para llegar a tanto. La pregunta es inmediata: ¿qué era 'la polvera'? Precisamente, son los documentos los que nos darán la respuesta. Dejemos que hablen. 

 Un acta capitular de 1543 recoge la petición de los albañiles y caleros de la ciudad para trasladar los almacenes de la madera y los lugares de producción y venta de cal a la zona de la Puerta Nueva. En ella se hace referencia a estos últimos lugares como "la polvera de la cal". Otra petición dirigida al Cabildo en ese mismo año solicitaba, a su vez, el traslado de los "porveros de cal", que estaban en las inmediaciones de la Puerta de Sevilla. Por tanto, "la polvera" que quebraba nuestras cabezas se trataba de depósitos y hornos de cal, tal y como hoy se usa en las famosas caleras de Morón. Como asimismo demuestran otros documentos de la época, estas "polveras de la cal" se habían situado en las entradas-salidas de la ciudad, donde habría un mejor acceso a estas mercancías y donde estas industrias se desarrollarían sin gran perjuicio de los vecinos.

 Fue, sin embargo, en el citado entorno de la Puerta de Sevilla donde la producción y venta de la cal se afianzó en el tiempo -o donde tuvo una mayor relevancia-, bautizando, así, tanto al lugar como a la calle que se estaba formando por entonces. Así lo comprobamos en el siguiente documento que nos informa cómo en 1613 el convento de Santo Domingo vendía una casa "que dicho convento tiene en la Polvera junto a la alcoba, que linda con la muralla de la ciudad". La escritura de esta compra-venta especifica el enclave de la casa, que estaba cercana a la Puerta de Sevilla, "en la collación de Santiago en la calle de la polvera junto a la azacaya nueva (surtidor público de agua)". O, también, "en la calle de la Victoria junto a la calera en linde con casa que fueron de Alonso de Melgarejo veinticuatro y bodegas de Antón Juares y por el lado derecho el Alcoba nueva y el muro". Este documento señala la continuidad de la producción de la cal en este lugar, habiendo dado nombre a la calle. Un nombre que acabó prevaleciendo, pese a que en aquellos años también se le llamaba indistintamente "de la Victoria", por el homónimo convento allí enclavado.

 Hay que hacer notar que esta zona trasera al convento de San Juan de Dios y a la capilla de San Juan de Letrán tuvo cierto carácter industrial en aquella época; allí se documentan, asimismo, varios hornos de pan, ya a principios del siglo XVIII. La producción de cal en esta zona continúa hasta finales del XVIII. Por entonces, la denominación de "hornos de cal" prevalecería sobre el de "polvera" o "polveros", un hecho que, no obstante, no impidió que el pueblo respetase el nombre que tenía esta calle desde el siglo XVI. Un respeto a la Historia que, en cambio, no tendrá la arrogancia de los que confeccionan la nomenclatura del callejero jerezano en tiempos posteriores.



Fuentes: 

Archivo Municipal. Actas Capitulares, año 1622, f. 642; año 1543, ff. 708v., 709v., 757. 

Arch. Protocolos Notariales, tomo 1186, f. 49-51v.; tomo 2247, f. 572v.; tomo 2964, s/f. 


Romero Bejarano, M.: "Arquitectura militar en Jerez durante el siglo XVI", Jerez, 2008, notas 129, 130, 131.


domingo, 13 de diciembre de 2015

EL HISTORIADOR GONZALO DE PADILLA, ENTRE LIBROS Y DEVOCIONES.

Mis queridos lectores no me reprocharán la poca actividad de este blog. A buen seguro están alertados de la conocida la indolencia de su autor en publicitar sus obras historiográficas. Una indolencia o, mejor, desapego que ni siquiera le ha llevado a dar cabida en este feudo virtual una mísera línea sobre la presentación en sociedad de ese libro sobre la Educación en el siglo XVIII en Jerez que culminaba y reunía las avanzadillas que hemos ido presentando en este blog. Ni un anuncio del ameno Tour, que complementó dicha conferencia-presentación literaria, y que comandó por los lugares del callejero jerezano donde se establecieron los centros docentes más relevantes de ese Jerez de la Edad Moderna, sobre los que sigue reuniendo datos que esperan que de una vez se les de forma de publicación. Ambos acontecimientos tuvieron lugar, respectivamente, en mayo y junio de este año. Y no crean que no los publicitó aquí por ningún extraño motivo. Ni por que tenga a los blogs aborrecidos, ejem, ejem... Sólo, como digo, por simple dejadez.

Bueno, despues de esta parrafada (o soliloquio), a lo que íbamos. Aquí os dejo un artículo publicado en el Diario de Jerez el 17/III/2015 sobre el historiador del siglo XVII Gonzalo de Padilla en el que perfilo su vida intelectual y su obra al frente de la iglesia parroquial de San Lucas. He de decir, para descargo de mi conciencia -y por si hay algún suspicaz por ahí-  que la redacción del Diario recortó el texto del artículo sin mi conocimiento. Esa es la razón por la no aparezcen las fuentes documentales que acompañaban al texto original y que autorizan todo cuanto en él se dice. Como próximamente aparecerá un estudio de mayor enjundia en el que profundizo aun más en la figura de este enmarañado cronista local, a él remito al interesado o interesada.  Bueno, pues nada más, hasta otra.


EL HISTORIADOR GONZALO DE PADILLA, ENTRE LIBROS Y DEVOCIONES.

Aseguraba Hipólito Sancho en su Xerez, Sinopsis Histórica (1961) que en el siglo XVIII  “tuvieron las ciencias históricas en Jerez un grupo tan numeroso como nutrido de cultivadores”. Y estamos de acuerdo. Aunque no es menos cierto que los cimientos y el cuerpo de esa historiografía estaban asentados desde el siglo anterior.
Fenómeno característico de la España del Seiscientos fue el de los historiadores locales. Escritores que cortaban sus plumas a la medida de las presunciones patrias, creando unos textos al servicio del prestigio de sus ciudades y de la exaltación de sus linajes oligárquicos. Uno de ellos fue Gonzalo de Padilla (1577 – c.1657).
No es esta la primera vez que me ocupo de la desdibujada figura de este presbítero y de su, no menos enmarañada, obra historiográfica. Han sido trabajos que demostraron el error de identificarlo como autor de la Historia de Jerez que por tradición se le ha venido atribuyendo. Una maraña de autorías fruto de la compilación y adición de textos que, sin alcanzar el premio de la imprenta, habían pasado como materiales de trabajo de unas manos eruditas a otras. La imprenta llegó al final, pero para celebrar el error.

Continuando con el perfil biográfico del doctor Gonzalo de Padilla, centramos la atención, en esta ocasión, en la jugosa información que aportan sus últimos testamentos.
Nunca sabremos si fue una burla del Destino o si, en cambio, fue un intento de reconciliación de alguien que defendió a ultranza la primacía de los Santos de Hasta como patrones principales de Jerez; el caso es que el 9 de octubre de 1657, día de san Dionisio, en su morada de la calle Bizcocheros, Gonzalo de Padilla, “enfermo de cuerpo y sano de la voluntad”, en su “juicio y entendimiento” y rondándole la calamidad postrera, tomaba la pluma, quizás por última vez, para firmar su codicilo. Este documento notarial venía a acrecentar y enmendar el testamento que había otorgado meses antes. Por él conocemos que inició su carrera eclesiástica con apenas catorce años, edad con la que obtuvo su primera capellanía. Después vendrán tres más, fundadas por familiares. Las capellanías le ingresaban unos 140 ducados al año, a los que se sumaban sus retribuciones como cura beneficiado de la parroquia de San Lucas, beneficio que obtendría en torno a 1620. Entre sus bienes también contó con las rentas de una casa-tienda en la calle de Francos, también de herencia familiar.
Es evidente que el doctor Padilla gozó de una clara holgura económica. Si no hubiese sido así, raramente hubiera podido renovar a sus expensas la sacristía de la iglesia de san Lucas con ropas y vestuario, gastando en ello “muchos dineros”, pues al entrar al servicio de ella la halló “tan pobre” que ni de eso tenía. Y seguía relatando: “y a la santísima virgen de guadalupe le e vuscado entre sus debotos munchos vestidos ricos. En que dejo de rropas y plata a la dicha yglesia munchos ducados”.
Fue fray Esteban Rallón quien informó en su Historia de Jerez, escrita hacia 1660, al hablar de la parroquia de San Lucas que su docto cura renovó el culto a la citada imagen mariana. Y, en efecto, así lo constataba Padilla en su codicilo: “en la dicha yglesia del señor sant Lucas yo entroduxe la ssanta devossion de nuestra señora de guadalupe que a más de treinta y tres años y en todas sus festibidades del año a ora de prima se diese primero muy solene (ilegible) ocho belas blancas”. Por tanto, pudo ser hacia 1624 cuando, según declaraba: “yo fundé una cofradía de la birtud (sic) de la ssantissima birjen de guadalupe en la dicha iglesia del señor san lucas donde están asentados por esclabos de la santísima birjen muchas personas debotas. Y, reiterando la manda anterior, concluía: “mando y es mi voluntad que al benefisiado que susediere […] se le entregue el libro de los esclabos y que continúe esta santa debosión”. Más allá de los testimonios que narran sus experiencias sobrenaturales con esta imagen -que la tradición cuenta que fue donada por el rey Alfonso XI-, quizás detrás del hecho de alentar su culto subyaciera el intento de conseguir un elemento en torno al cual reunir los apoyos económicos de que tanto carecía, al parecer, el viejo templo alfonsí. Lo cierto es que la cofradía será capital para su mantenimiento. Así, pues, Padilla obró el milagro.

Virgen de Guadalupe. Iglesia de San Lucas, Jerez.
Al margen de sus labores al servicio del templo donde pidió ser enterrado, las últimas voluntades del Dr. Padilla reflejan también esa elevada formación intelectual que le permitió acceder a un beneficio que, como el de San Lucas, se obtenía por oposición. Hablamos de su biblioteca. Después de una vida de estudio y solaz, sus libros venían a ser, ahora, una propiedad más a poner en venta con la que hallar la liquidez necesaria para cumplir las distintas mandas del testamento. Algo muy común en la época. Gracias a ello, sabemos que Padilla poseyó unos cuatrocientos tomos de libros que abarcaban materias como la Escritura Sagrada, la Teología escolástica y las Humanidades. A ellos se unía una cantidad indeterminada de libros sobre historias de órdenes religiosas y otros de materias no especificadas. Sólo esos cuatrocientos volúmenes ya representaban una notable biblioteca “profesional”. Una biblioteca que albergaría manuscritos y otros documentos relacionados con esa Historia de Jerez que comenzó a escribir hacia 1630 a instancia del cabildo municipal. Entre esos “papeles” pudieron estar aquellos “que estando en la ciudad de Sevilla en cierto negocio una persona me dio […] los cuales los he tenido guardados con mucha fidelidad y son de esta nobilísima ciudad” y que al punto mandaba que fueran devueltos a la Ciudad. ¿Quién sabe si hoy, sobreviviendo al Tiempo y a las desamortizaciones, algunos de los libros del doctor Padilla que fueron a parar al convento de Santo Domingo o aquellos que fueron al de San Agustín y al Colegio de la Compañía de Jesús aún acumulan polvo en algún arrinconado estante? ¿Quién sabe?





viernes, 25 de septiembre de 2015

María de Austis, una comerciante vinícola del siglo XVI.


Pocas líneas, por no decir ninguna, dedica la historiografía jerezana a la participación de la mujer en la producción y la comercialización vitivinícola. Desde luego, en un mundo de hombres su presencia fue -y es- casi residual o anecdótica. Pero, sin embargo, mujeres implicadas en el mundo del vino las hubo.


Aprovechando estas fechas festivas alrededor de nuestra agro-industria, queremos desempolvar -literalmente- el nombre de una de esas mujeres que tomaron el mando en el negocio del vino mucho tiempo antes de que llegaran a nuestra ciudad, en los albores de la contemporaneidad, los conocidos apellidos que secularmente identificamos con el desarrollo la vitivinicultura jerezana. De esa trastienda de la Historia sacaremos a María de Austis.


Capitulaciones matrimoniales de Francisco de Castilla y María de Austis (1586)

En 3 de julio de 1586, María de Austis, viuda de Baltasar Pérez de Acuña, se casaba con el veinticuatro Francisco de Castilla, con quien le unía no sólo vínculos familiares, sino también de negocios [Archivo Diocesano Asidonia-Jerez, San Miguel,  libro de matrimonios (1573-1593), f. 53]. Castilla era paradigma de la burguesía mercantil que había logrado el ascenso a la élite social y política local gracias a los frutos de sus afanes comerciales [Archivo de Protocolos Notariales, of. 17, año 1614, ff. 770-780]. Un día antes del enlace, los futuros esposos protocolizaban un inventario de los cuantiosos bienes que cada uno aportarían al matrimonio [APN., of. 5, año 1586, 2 de julio, folio roto].

La libertad de acción que la legislación castellana otorgaba a la mujer viuda permitió que María de Austis continuara los posibles negocios de Pérez de Acuña. No era algo inusual. En la citada acta de inventario, María es descrita como una empresaria al mismo nivel de su socio y marido en ciernes; preparación intelectual para ello no le faltaba, pues sabía escribir. Tanto es así que en la flota que partió hacia Nueva España en el año 1584 había cargado 100 pipas de vino a mitad con Castilla. De esta operación se le debían 18.966 reales y medio que estaban “en poder de nicolas peres hurtado vecino de Mexico y que eran resto de los 7.741 pesos y cinco tomines en que había fructificado dicho envío. Al año siguiente, 1585, según sigue anotando el documento, había cargado otras 50 pipas que estaban en poder de su nombrado apoderado en México. Cada barril o pipa se apreciaba en 40 ducados. Aparte de lo mencionado, guardaba  100  “botas de vino que están en una bodega detrás del convento de la vera cruz, que fueron apreciadas en 20 ducados cada una”. 


Nuestra señora de Atocha (1611)


Como vemos por este documento, y como han demostrado los estudios de Guerrero Vega, Romero Bejarano y Aroca Vicenti, ya desde el siglo XVI en esa zona periférica de Jerez se estaban configurando complejos arquitectónicos de carácter bodeguero de cierta importancia, bodegas que Austis y Castilla suponemos que arrendaban para almacenar el ingente vino que criaban o compraban. Así, Castilla decía tener almacenadas 500 botas entre esa misma bodega y otra anexa.

Con el matrimonio, cesarían los negocios vinateros de doña María de Austis. Y pronto también lo harían los de su esposo, ya por entonces más preocupado en trasformar su fortuna en capellanías y mayorazgos. A ello le forzaba una sociedad decadente que despreciaba la nobleza del trabajo y que blasonaba, por el contrario, el “noble” vivir de las rentas.


Juan A. Moreno Arana.

viernes, 26 de diciembre de 2014

OLIGARQUÍA Y LECTURA EN EL SIGLO XVIII La biblioteca de Manuel del Calvario Ponce de León y Zurita, regidor de Jerez de la Frontera (1794)

Presentamos una nueva publicación para la Historia cultural y social de Jerez de la Frontera en el siglo XVIII:

"OLIGARQUÍA Y LECTURA EN EL SIGLO XVIII. La biblioteca de Manuel del Calvario Ponce de León y Zurita, regidor de Jerez de la Frontera (1794) (Bubok, 2014)". 

http://www.bubok.es/libros/235814/OLIGARQUIA-Y-LECTURA--EN-EL-SIGLO-XVIII-La-biblioteca-de-Manuel-del-Calvario-Ponce-de-Leon-y-Zurita--regidor-de-Jerez-de-la-Frontera-1794


En esta monografía estudiamos la interesante biblioteca de este noble y regidor de la ciudad de Jerez, que en 1794, estaba en uso y formación. En efecto, su estudio parte de un inventario de bienes iniciado a raíz del segundo matrimonio de su propietario. Se trata de una biblioteca relevante dentro del panorama local y aún nacional de la bibliotecas de particulares. No sólo por su tamaño, con 910 títulos de obras y que rebasaba el millar de volúmenes, sino por la variedad de temáticas de que constaba. Se trataba de una biblioteca prototipo de un noble adscrito al movimiento ilustrado.

Junto a esta biblioteca, y como manera de contextualizarla en su ámbito espacio-temporal, analizamos una serie de casos inéditos de bibliotecas privadas  logrando, así, delinear las líneas generales del fenómeno de la posesión libraría en el Jerez de la segunda mitad del siglo XVIII.

jueves, 27 de junio de 2013

EL YUGO DE LA POBREZA Y LA EDUCACIÓN


Cesare Ripa, Emblemas. "La Pobreza en el que tiene buen ingenio".

Vaya el revuelo que se ha formado en estos días con la última ocurrencia de nuestro ministro de Cultura, o será más bien de Incultura. En este país en la ruina, lo único bueno es que no nos aburrimos con cada noticia que nos ponen de desayuno o de almuerzo, un día si y otro también.  
La astracanada por entregas en que se está convirtiendo la reforma educativa del ministro Wert no deja de exasperar los ánimos del mundo educativo, de dar carnaza a adversarios políticos, de ofrecer en bandeja sensacionalistas titulares de prensa, y de llenar de ceros las cuentas corrientes de los analistas políticos de tertulias televisivas (estos sí que han encontrado un trabajo fijo gracias a la crisis, y dos y tres). Aparte, por su puesto, de llenar España de humo, de mucho humo que trastorne un poco al personal como si de abejas se trataran.

Tanta polvareda es más que comprensible; su idea de fomentar y premiar la excelencia del alumnado desterrando de los estudios universitarios a los hijos de la clases medias y bajas, tan damnificadas ya por esta crisis moral, más que económica, que estamos padeciendo parece de cámara oculta, como todo lo que está pasando en este país en los últimos tiempos.  

Si el sistema educativo español, ese manoseado juguete para nuestros políticos, ya era una pesada carga que relega a los estudiantes españoles a los más bajos puestos de niveles de competencias en el concierto de los países desarrollados, ahora tiene que hacer frente a las salidas de tono de este indeseable ministro. Wert está cavando la tumba de su reforma, el sabrá lo que hace. Mientras, el desastre educativo gestado desde hace décadas en nuestras aulas sigue adelante, al borde del precipicio.

Todo esta cuestión de las becas universitarias me ha recordado a la España del siglo XVII y al emblema de Cesare Ripa que ilustra la entrada. Un época también de crisis. Y en la que, también, todos los padres querían que sus hijos estudiasen latín y humanidades con única idea de hacer de ellos clérigos o letrados. Era una forma de dar lustre a la familia y para lograr las prebendas que estos oficios llevaban aparejadas. Los oficios eran desdeñados por ser considerados de gente baja. Una errada mentalidad, típicamente española, que aún hoy está vigente y que, en efecto, no tiene efectos positivos. Y, como hoy, tampoco había empleos (oficios civiles o beneficios eclesiásticos) para todos. Los estudiantes fracasados por no encontrar un puesto decoroso con sus títulos pasaban entonces a engrosar la listas de los ociosos y de los improductivos, pues muchos se resistían a ejercer otro oficio. 

Tanta vagancia suelta y tanto religioso que apelaba a su condición eclesiástica para no pechar, toco las grandes narices del Conde Duque de Olivares. El "atlante" don Gaspar asumió como propio el peso de un país improductivo, abandonado por sus naturales, en la ruina e hipotecado a los prestamistas genoveses. Un país inútil para continuar con sus guerras europeas; la mesiánica misión en el mundo de la monarquía hispánica a la que la Reputación de España no podía renunciar y que era la verdadera sangría del país. 

En 1623, la Junta Grande de Reformación, órgano presidido por el omnipresente Olivares, presentará una serie de propuestas al todavía díscolo Felipe IV. Entre ellas se encontraba la de reducir las cátedras de Gramática, ese estudio que era el salvoconducto para entrar en la carrera eclesiástica o para seguir los estudios en la universidad. Y es que el punto de mira se había puesto desde tiempo atrás sobre el estudio del Latín, al que se le achacaba como parte de las causas de la crisis económica que sufría Castilla en aquellos días, pero que había parido los más floridos ingenios de la Cultura universal.

La "infestación" de estudiantes había sido fruto de la moda de la época de fundar de cátedras en las que se impartían gratuitamente estos estudios. Aquello había de acabar. Y estaba claro quienes serían los perjudicados con esta prohibición: los menos pudientes. Los hijos de los artesanos o de la pequeña burguesía quedarían excluidos de estos estudios que había posibilitado su ascenso en la escala social, siempre y cuando hubiesen sorteado las pruebas de limpieza de sangre y de oficio. El orden social y económico, como quería el Conde-Duque y sus arbitristas, quedaría preservado. Y el rey podría seguir haciendo la guerra, mientras hacia el amor tras las bambalinas de la Corte.

En aquella época estamental esta acción se podía comprender e incluso se puede justificar, pero ¿hoy? Que cuatrocientos años después, algunos quieran volver al Antiguo Régimen, (el anterior a 1812), que la cuerda siga rompiéndose por el extremo más débil y que el pueblo continúe pagando los delitos de sus gobernantes, es una broma de malísimo gusto y de una desfachatez de libro. Condenable. Y peor aún, cuando no nos quedará el consuelo de un Cervantes, de un Quevedo, de un Góngora o de tantos otros estudiosos de las Letras Humanas; hoy, los buenos ya volaron a mejores lugares.









jueves, 19 de julio de 2012

La Educación en Jerez de la Frontera en el siglo XVIII



Después de una larga odisea, mi investigación sobre La Educación en Jerez de la Frontera en el siglo XVIII ha visto la luz. Ha sido cerca de una década de investigación y de análisis.


El grueso de este estudio se ha realizado sobre bases documentales, algo que vino dado por el hecho de que, tanto a nivel local como general, la bibliografía sobre este tema no era ni abundante ni satisfacía plenamente nuestras expectativas, aunque haya ayudado, en algunos aspectos, a encauzar nuestros pasos sobre un terreno prácticamente sin desbrozar. De ahí, el largo tiempo que ha requerido su elaboración. 


Y es que la investigación en archivos, y más la que se realiza sobre documentación perteneciente al Antiguo Régimen, en la que la clasificación documental apenas existe (aunque en el Archivo Municipal jerezano contemos con instrumentos de descripción de inapreciable ayuda), no da sus frutos si no es a costa de infinita dedicación y, sobre todo, de infinita paciencia; no siempre el dato buscado se encuentra referenciado de manera explicita en la documentación inventariada o bien se haya oculto o diluido en otras. Ello requiere de la intuición y de la experiencia del investigador para asumir una gran variedad fuentes, no todas meramente documentales, que puedan ser susceptibles de contener las piezas que nos faltan para poder completar el puzzle. 


Pese a todos estos escollos, por lo demás habituales cuando se afronta una investigación de este tipo, creemos haber dilucidado con bastante fiabilidad lo que fue el fenómeno educativo a lo largo del XVIII en Jerez de la Frontera. Una ciudad clave en el concierto histórico de la Baja Andalucía, y aún de toda Castilla, en un periodo clave para explicar el rumbo que tomará la Educación en el siglo XIX, ya dejadas atrás las estructuras estamentales del Antiguo Régimen.

Pero no sólo Jerez y el siglo XVIII han sido objeto únicos de nuestra atención e investigación. No se puede explicar el fenómeno educativo en el Jerez del siglo XVIII sin desentrañar cuáles fueron sus raíces o su recorrido anteriorY tampoco se puede valorar ni explicar en su justa medida las conclusiones obtenidas para Jerez sin ponerlas en relación con lo que sucede en otros lugares de su contexto geográfico. Dada la falta de bibliografía específica para muchas de estas poblaciones se ha tenido que realizar algunas investigaciones por nuestra cuenta.


Una ciudad que se convierte en foco de atracción para personas que eligen la docencia como modo de participar de la riqueza que se estaba generando en la zona gaditana en torno al comercio con América; la lucha por el reconocimiento social del oficio de maestro; las actuaciones del Ayuntamiento y del Estado por controlar la enseñanza; la promoción de la escolarización como forma de erradicar las consecuencias de la pobreza en los planos religioso y político; la reforma de la enseñanza; las múltiples facetas del docente en la sociedad jerezana; los efectos del Reformismo Ilustrado en la organización de la enseñanza local; la expulsión de los jesuitas; alumnos y alumnas en una sociedad cambiante... son, en resumen, algunos de los temas de los que trata este libro que espera ser una contribución al conocimiento de la Educación y de la Sociedad, tanto jerezana como española, en la Edad Moderna. 



El libro se vende bajo demanda en la página de BUBOK y está disponible en librerías asociadas. Para mayor información:


http://www.bubok.es/libros/215017/LA-EDUCACION-EN-JEREZ-DE-LA-FRONTERA-EN-EL-SIGLO-XVIII




miércoles, 18 de julio de 2012

COMO SARDINAS EN LATA

En la anterior entrada nos preguntábamos, recordando cómo era la enseñanza primaria en el Jerez del Siglo de Oro, si había algo nuevo bajo el Sol. La pregunta no era inocente; veíamos nubarrones en el horizonte. Nos temíamos lo peor y nuestros temores no eran infundados. Se han confirmado. Hoy, más que nunca, vemos en el pasado el futuro de nuestra enseñanza.

Si bien creemos que es fundamental para el Buen Gobierno de la Nación la racionalización de los gastos de la administración pública, las medidas que se están llevando al BOE todas las semanas no son nada racionales. Al contrario, la "razón de la sinrazón (económica)" va camino de poner fin a los logros sociales que la Democracia ha conseguido en estos últimos treinta años. Nos explicamos con un sólo ejemplo.

Entre batería de ajustes ( mejor, de ajusticiamiento) presupuestario para el reducir el déficit o la deuda del estado está la de aumentar en un 20% la ratio de las aulas. Es decir, más alumnos para menos profesores, más horas lectivas y menos sueldo y puñados "gordos" de interinos a la calles. Una demencial medida de alguien que tiene una venda ante la realidad actual de nuestras aulas y que no nos puede sino recordarnos a lo que escribía el fraile ilustrado Martín Sarmiento hacia 1762 refiriéndose a las escuelas de Primeras Letras de la España del siglo XVIII: 

"que sean ciento o doscientos a todos los embanastan como sardinas en una sala y debajo de un sólo maestro".

Desde luego, Sarmiento no se felicitaba de las "grandes" capacidades tanto de las escuelas como de los maestros.

¿Este el futuro que nos ofrece este gobierno "humillado al Oro"?


"Al menos en este aula no se mueve ni un alfiler" (J. I. Wert)

Se continuará...