domingo, 27 de marzo de 2022

MÚSICA, DANZA Y TEATRO EN EL SIGLO XVII.

Me gustaría volver con el jerezano Ambrosio de Cuenca y Argüello, como recordamos, capellán del ejercito, doctor en Teología, escritor y autor teatral del siglo XVII. Esta vez, estas líneas van dedicadas a señalar la presencia de la música y la danza en una de sus obras teatrales: el entremés “Los texedores”.

El telón de fondo de la acción de este entremés es la boda de la infanta María Teresa con el rey Sol, Luis XIV de Francia, que tuvo lugar el 9 de junio de 1660, gracias a ello se puede concluir que Cuenca tuvo que haber redactado este entremés a mediados o fines de ese año.
El argumento y los caracteres de los personajes son prototípicos de estas breves creaciones teatrales: un sacristán habla a un amigo para que le ayude en una “trisca y burla” contra el alcalde mayor del pueblo. El alcalde, en una riña por celos, había maltratado a su esposa, que a su vez tenía un idilio amoroso con el sacristán. Para vengar a su amada, el sacristán se disfraza junto a su amigo de tejedores armenios. El celoso alcalde, que necesitaba vestuario nuevo para las fiestas del casamiento de la infanta, acepta el ofrecimiento de los tejedores de hacerle el traje más vistoso, más barato y de la más rápida ejecución jamás vista. Pero este trabajo tenía una peculiar condición: las telas que se utilizarían para tan bizarra labor de sastrería eran tan especiales que quien tuviera “algo de morisco o judío” sería incapaz de contemplarlas. El alcalde acepta las pintorescas condiciones de los embozados tejedores, sucediéndose a partir de ahí una serie situaciones cómicas que acaban con el alcalde burlado delante de todos. El entremés culmina, como era habitual en este género teatral, con sus protagonistas festejando el desenlace con cantes y bailes acompañados de toques de “guitarra y castañetas”.


Ojalá algún día pueda Jerez honrar y librar del olvido a Ambrosio de Cuenca con la representación de alguna de sus obras, mientras tanto podemos recrear el sarao final de “Los texedores” escuchando una pieza para danza de gran popularidad y que aparece en numerosas obras teatrales de la época: la españoleta.


Bibliografía: 

AMBROSIO DE CUENCA, ESCRITOR Y DRAMATURGO JEREZANO DEL SIGLO XVII

Hoy día del Teatro, es un buen momento para recordar que Jerez fue cuna de un dramaturgo que con sus “comedias famosas” llenó los corrales y colmó las horas ociosas de muchos lectores entre los siglos XVII y XVIII, en emulación con los grandes autores de nuestro Siglo de Oro. Recordemos hoy a Ambrosio de Cuenca Y Argüello.

Cuenca y Argüello nace en 1624 en el seno de una familia modesta en lo social y en lo económico, pero bien relacionada con la oligarquía local. El vástago de los Cuenca seguirá la carrera eclesiástica; el prestigio familiar se jugaba en los estudios del joven Ambrosio. Y, en efecto, tras una larga y brillante carrera como capellán en los Tercios de Milán y en la Armada de la Carrera de Indias, curando el cuerpo y el alma de la soldadesca y viviendo en primera persona los padecimientos de la guerra, el ya por entonces doctor Ambrosio de Cuenca obtenía finalmente una prebenda en la catedral peruana de Trujillo. En 1670, después de una estancia en España, regresaba a su empleo en la catedral americana donde su hilo vital se nos pierde.



Esta prebenda fue fruto, sin duda, de su mérito personal, pero también de su trabajada relación con distintas personalidades de la época, como se pone de manifiesto en la relación de sus méritos que presenta al Rey en 1662. Y es que prontamente nuestro capellán había divisado cómo sus dotes literarias le abrirían las puertas para ganarse el favor de estos mecenas e ir escalando socialmente a golpe verso. Así lo pudo comprobar en 1652 con los regidores jerezanos. Su petición al cabildo jerezano fue el hilo a partir del que pude ir desenmarañado su olvidada personalidad, rescatando su obra escrita en la que destacó una producción teatral en buena medida mediatizada por sus estrategias de mecenazgo.

Una de sus obras de más éxito, “Nuestra señora de Regla”, se publica junto a obras de Luis Vélez de Guevara, Juan de Matos Fragoso, Juan Bautista Diamante o Tirso de Molina en la “Parte veinte y siete de comedias varias nunca impressas compuestas por los meiores ingenios de España”, publicada en Madrid en 1667. Esta comedia tiene la peculiaridad de ser, quizás, el único ejemplo de texto literario teatral inspirado en las banderías jerezanas. Un trasunto de “Romeo y Julieta”, con final feliz, en el Jerez del siglo XIV. Detengámonos en el sentido elogio a su “patria chica” que Cuenca pone en boca de doña Leonor, nuestra Julieta:

Esta ciudad cuya cesárea planta/ hermosea vistosa almena tanta, / y Guadalete lame sus umbrales,/ con lengua siempre rauda de cristales/ es, Xerez; nací en ella, o nunca fuera/ propicio el Cielo a tanta primavera/ ni me diera hermosura, / pues cruel me negó mayor ventura”.

Bibliografía: Moreno Arana, Juan Antonio: "El escritor Ambrosio de Cuenca y Argüello y el mecenazgo literario del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera durante el siglo de Oro", Revista de Historia de JerezISSN 1575-7129, Nº. 22, 2019págs. 133-166

 https://www.academia.edu/41635406/EL_ESCRITOR_AMBROSIO_DE_CUENCA_Y_ARG%C3%9CELLO_Y_EL_MECENAZGO_LITERARIO_DEL_AYUNTAMIENTO_DE_JEREZ_DE_LA_FRONTERA_DURANTE_EL_SIGLO_DE_ORO?fbclid=IwAR1KmG4cnzF2ypGHzNCnKpQmE_SaWv6cim1-eAdtIjJTUCVibDZPytsjcK4


RÉQUIEM POR UN NOBLE JEREZANO, O LOS MINISTRILES SE VAN DE FUNERAL.

 

En aquella mañana del 9 de julio de 1590, el sol brillaba. Las paredes del esplendido palacio, iluminadas. Sus patios, preparados para celebrar el poder familiar bajo las estrelladas noches que se avecinaban. Todo hubiera sido perfecto. Pero los ojos de la fatídica Moira se habían puesto sobre la recién remodelada casa del mayorazgo de los Núñez Dávila. La rueda de la Fortuna había girado. Las alegres chanzonetas de los ministriles se tornaron en oficios de difuntos y responsorios. El veinticuatro Bartolomé Dávila Núñez partía para su morada, la definitiva, donde no habría cabida para vanidad alguna. La fría sepultura que los Dávila poseían en el Sagrario de la Colegial de San Salvador desde el Repartimiento de Jerez por Alfonso X le daba la bienvenida.




Llegada la hora de hacer las cuentas de los gastos tocantes al entierro, se anotará que “a la música de San Salvador que acompañó el cuerpo” se le pagó cuatro ducados, esto eran 44 reales que habrían de repartirse entre sus componentes.

Era algo inevitable que la asistencia a las honras fúnebres también se contase entre los servicios musicales extraordinarios que ayudaron a los ministriles a mantener, humildemente, a sus familias, completando los cortos sueldos contratados con el ayuntamiento y el cabildo colegial y las demás parroquias.

No se puede precisar si la capilla musical de la Colegial estuviera al completo en este ceremonial; si fueron los cantores únicamente, o si les acompañaron los ministriles. Posiblemente, estuviera presente al menos el bajón, instrumento que, por su registro grave, el más semejante a la voz humana, mejor se integraba dentro de los conjuntos vocales para enriquecerlos o completarlos.

Las distintas oraciones litúrgicas que cantaron o tañeron los músicos de la Colegial acompañando el cuerpo del difunto tuvieron su contrapunto en las voces de los Niños de la Doctrina. Los huérfanos portarían un cirio o hacha encendida, entonando esa “solfa” –quizás un Kirie o un Miserere– que se negara a pagar aquel rufián del poema de Quevedo. Dávila sí la pagó, aunque, lógicamente, como el rufián, tampoco pudiera escucharla; cuatro reales costó la limosna, los mismos cuatro reales de la limosna de la misa que se dijo en la Victoria. El ataúd costó trece. El acompañamiento de los clérigos, la misa cantada de cuerpo presente y el doble de las campanas por el sacristán, 180 reales.




Para ilustrar este fúnebre paisaje sonoro de una ciudad de Jerez que ya dejaba atrás su dorado siglo XVI, proponemos la audición del Kirie de la “Missa pro defunctis” (1582) del maestro de capilla de la Catedral de Sevilla Francisco Guerrero. Maestro con quien con mucha posibilidad tuvieron contacto los músicos jerezanos:

LA MÚSICA Y LA CONSTRUCCIÓN SIMBÓLICA DE LA CIUDAD DE JEREZ DURANTE LA EDAD MODERNA.


La música no sólo significó para los regidores jerezanos un instrumento de autorización de la potestad municipal, sino que también funcionará como pieza para una construcción ideal de la urbe y de su gobierno. Fue una idealización de la ciudad a través de lo sonoro que llega, incluso, a modelar espacios y edificios, tanto de forma efímera como permanente.
Aunque la función de la música en el ritual o ceremonial civil permanezca invariable, la elección de un tipo u otro de instrumentista o de conjunto musical responderá, en buena medida, a los cambios mentales y culturales que tienen lugar a lo largo de ese largo periodo que va desde principios del XV a fines de XVIII, y a los que Jerez, como ciudad totalmente conectada con el resto del mundo, no permaneció ajena.
Aunque la musicología tradicional ha venido centrándose en los grandes compositores, de los que nuestro país fue fecundo, fueron los humildes instrumentistas los que realmente materializan sonoramente unas partituras en un momento en que existía una enorme libertad para la interpretación y para la improvisación.



Hemos de recordar así en esta celebración a los ministriles Sedano, Torres o a los clarineros, de curiosos y reveladores apellidos, Antonio Schubert o Juan Bautista Veneciano. Sin citar a tantos otros que acapararon, desde su empleo de músicos municipales, y durante más de dos siglos, parte del paisaje sonoro urbano jerezano, ya fuera institucional, doméstico o privado, y que enriquecieron, de la mano del ayuntamiento, el ambiente musical de nuestra ciudad.
La ilustración sonora traemos la pieza Dulce Clarín Sonoro, a 8 (Responsión General al Santísimo) de Sebastián Durón (1660-1716) que está aderezada con esos ecos militares de los clarines que acompañaban la marcha y la presencia pública de la comitiva municipal jerezana de fines del siglo XVII y principios del XVIII. 
 

Bibligrafía:
Moreno Arana, J. A.: "Escenarios sonoros del poder municipal en España durante la Edad Moderna: el caso de Jerez de la Frontera". Vínculos de Historia, 10 (2021).
Moreno Arana, J. A. Música y poder municipal en Jerez de la Frontera. Siglos XVI-XVII”, Historia, Instituciones y Documentos, 45 (2018), pp. 241-268.

EL VIA CRUCIS DE LOS MAESTROS JEREZANOS DEL SIGLO XVIII

Bajo la advocación San Casiano de Ímola se constituye la hermandad laboral de los maestros jerezanos a mediados del siglo XVIII. Esta hermandad y cofradía se creaba con unas motivaciones de índole gremial. Es decir, para arbitrar medidas de protección laboral y de socorro mutuo. Sin embargo, más allá de la defensa del oficio y del corporativismo, estas instituciones eran utilizadas como un instrumento que daba la posibilidad al colectivo de maestros de hacerse presente y de participar de forma activa de la vida social de la ciudad.

Como institución cohesionada entorno al componente religioso, la hermandad de San Casiano de Jerez encontrará en el acto piadoso del Vía Crucis uno de los cauces para exteriorizar la imagen del colectivo de cara al resto de la sociedad. Así en el capítulo sexto del Convenio de Ordenanzas de la hermandad se hace referencia a la “costumbre inmemorial” de los maestros jerezanos de salir juntos las tardes de los Viernes de la Cuaresma con sus respectivos alumnos para andar en “Público Vía Crucis”.



Como cuenta Bartolomé Gutiérrez en su “Año Xericiense” (1755), esta devoción gozaba en aquellos años de una gran popularidad entre los jerezanos, tanto cómo para que desde el arzobispado se hubiera ordenado que las mujeres lo hicieran por la mañana y los hombres por la tarde-noche, de manera que se pudiera evitar acercamientos poco decorosos entre ambos sexos.
Y, en efecto, tanto fue el arraigo de esta manifestación religiosa y tanta la importancia la que se le concedía, que las ordenanzas advertían que aquel maestro que por “legítimo impedimento” no asistiera a la convocatoria debía, al menos, cerrar su escuela durante dichas tardes, para no hacer la competencia a los demás maestros, se entiende.
Si paseáramos por la ciudad en una tarde de Viernes de Dolores como la de hoy, pero de 1751, veríamos cómo desde la Plaza de la Yerba, la calle Cotofre, la Cruz Vieja, la calle Ancha, o la plaza del Mercado salían, respectivamente, al frente de sus alumnos los maestros Antonio Iñiguez, Pedro Isidro Roldan, Juan de Salagui, Andrés de Siles y Francisco Garay. Desde sus escuelas, tomaban las empedradas calles para reunirse con los otros seis maestros de escuela legalmente establecidos en la ciudad. El punto de encuentro era frente al convento de Santo Domingo. Allí, señalizada por una cruz colocada sobre una columna, se ubicada la primera estación de la Vía Dolorosa jerezana.
Los vecinos del antiguo arrabal de Santiago se asomarían a sus puertas y ventanas para presenciar este singular y concurrido acto de meditación espiritual que se escenificaba por sus calles. Niños y maestros, arropados por una luminosa tarde de primavera, concluirian su “Camino de la Cruz” subiendo a la capilla del Calvario, en aquel entonces un deleitoso altozano a las afueras de la ciudad donde era fácil alcanzar la Gloria.
Bibliografía:
Moreno Arana, J. A.: La Educación en Jerez de la Frontera en el siglo XVIII. Madrid, 2012.

sábado, 26 de marzo de 2022

LA PLUMA, LA ESPADA Y LOS LIBROS DE CABALLERÍAS.


«essotros libros que llaman de cavallerias, que no saben más de matar, y hender, hallo tiempo mal empleado el que se gasta en ellos, pues ningún provecho puede traer a quien los lee, y muchíssimo daño».

Aunque no lo parezca, estas palabras las escribía un militar perteneciente a la más acrisolada nobleza jerezana. En concreto a una familia cuajada de figuras que protagonizaron algunos episodios que bien pudieran figurar dentro de la épica caballeresca de los libros de caballerías, género literario que tanto éxito gozó entre las élites aristocráticas del Renacimiento. Este noble jerezano al que me he refiero es Juan de Baraona y Padilla (1541-1588).


En 1577, Juan de Baraona publicaba en Sevilla su traducción del tratado de Educación de Nobles escrito por Alessandro Piccolomini en 1542. En el Prólogo, Baraona declara que no su traducción no será «letra por letra, que es mal modo de traducir», sino «conforme a la materia, y a la mente de quien lo hizo». De este modo, justifica las variantes y los interesantes excursos que introduce en la obra del filósofo italiano para adaptarla a la realidad española y a las necesidades de sus nobles. Unos nobles representados en «don Luis», hijo del veinticuatro jerezano García Dávila, a quien iba dedicado el libro.
La Institución del Hombre Noble es una suerte de tratado de formación en filosofía moral y política, que toma como base a Aristóteles, si bien también hay menciones a otros filósofos como Platón o Averroes. La obra se estructura tomando como eje el recorrido de la vida del hombre y la mujer noble, aunque centrándose principalmente en el varón, desde la infancia a la madurez, aconsejando los conocimientos y comportamientos que debían ser aprendidos en cada momento vital.
En los capítulos VIII y IX del libro segundo Baraona hace gala de sus conocimientos, teorizando acerca de la literatura y la gramática castellana y de su enseñanza. Es en este apartado, donde el jerezano, al desaconsejar la lectura de los libros de caballerías, se convierte en portavoz de figuras destacadas de la teoría literaria humanista de la España del XVI, como Luis Vives o Benito Arias Montano, que consideran este género doblemente perjudicial: pervertía tanto la moralidad como el gusto literario de quienes lo leían.
La apropiación por parte de Baraona de estos preceptos literarios es asimismo una manifestación de una posición ideológica que se atisba en otros momentos de la lectura de su traducción. Esta posición intelectual no es otra sino la del neoestoicismo, corriente intelectual que triunfaba en aquellas décadas del XVI, especialmente en los ambientes humanísticos sevillanos con los que el jerezano mantuvo una fluida comunicación. Su característica es la de esgrimir una actitud crítica frente a los “vicios” de su sociedad.
A esta Sevilla, a este centro intelectual de nuestro país, llegará por aquellos mismos años el autor de esa sátira de los libros de los libros de caballerías y de otros vicios de su tiempo que es el Don Quijote. Cervantes se instalaba en esta Nueva Roma como comisario de la Gran Armada. Curiosamente, esa “alta ocasión” perdida que trajo, como inevitable Parca, otras pérdidas; en las frías aguas del canal de la Mancha se apagó el fuego vital e intelectual de nuestro Juan de Baraona, aquel noble jerezano que quiso “alumbrar” a sus lectores y amigos uniendo, desde la Razón, la pluma y la espada.

Bibliografía:

EL ESCENARIO SONORO DE UNA PROCLAMACIÓN REAL

En 21 de julio de 1454, Enrique IV es proclamado rey de Castilla. En seis de agosto, el duque de Medina Sidonia, don Juan de Guzmán, escribe al cabildo de Jerez informado de la muerte del rey don Juan y de los actos realizados en Sevilla para proclamar al nuevo monarca. En ellos, la música había tenido un remarcado papel. Jerez, en emulación con Sevilla, no podía quedarse atrás en esta escenificación de la adhesión a la Corona.




Dada su importancia, las actas capitulares describen y relacionan esta ceremonia, dando fe de su celebración. Un ritual que se mantendrá, en sus líneas generales, hasta bien entrados en siglo XIX. Así, leída públicamente la real orden de proclamación del nuevo rey, la corporación municipal, con sus mejores galas, se dirigía desde la plaza de San Dionis o de Escribanos (según la época) donde se encontraba el Cabildo hacia la iglesia Colegial, lugar que custodiaba el pendón de la ciudad. Desde allí, haciendo los actos protocolarios de rigor, que estaban arropado con el cántico del Te Deum, se dirigían al Real Alcázar para que su alcaide jurara al nuevo rey. Tras este acto de toma del recinto militar por el nuevo rey se hacia un recorrido por las calles principales o “maestras” de la Jerez del momento.
En 1454, no obstante, el pendón no estaba en manos de los canónigos de la Colegial sino que estaba custodiado por el alcaide del alcázar. El escribano de cabildo subraya que el acto de entrega del pendón y jura del alcaide se efectuó “tocando trompetas e atabales y otros sonidos de menestriles”.
En efecto, la documentación capitular afirma que el ayuntamiento contaba con efectivos musicales a su servicio desde al menos 1414. Los contratos que el ayuntamiento realiza con estos instrumentistas expresan un alto grado de profesionalización y el carácter de funcionario municipal de estos. En 1437, el portugués Alvar Gómez entra al servicio del cabildo por ser “buen trompeta”, con un salario anual de dos mil maravedíes, con la añadidura de doscientos maravedíes para “el alquiler de la casa en que more”. En 1484, se propone la contratación de un trompeta, “que es buen mucico […] y usa bien del oficio”. Con ello, el cabildo afirmaba que dispondría de “dos trompetas”, de manera que “saliese la cibdad lo más honrrada que ser pueda”. Como en otras ciudades de la Europa del Trescientos y el Cuatrocientos, se había asimilado la importancia de la construcción de un escenario sonoro o musical, ya fuera esta utilización debida por actos civiles o por los habituales rebatos militares que sufría por aquellos años una ciudad de frontera como la nuestra.
Volviendo a la proclamación de Enrique IV, hay que decir que tras el alzamiento del pendón en el alcázar, la comitiva local a caballo portando la insignia se dirige a la plaza de San Dionís para desde allí recorrer “las calles maestras desta cibdad por donde se acostumbra llevar el cuerpo del señor”, reforzando así con este ritual urbano la idea de la analogía entre el poder temporal y el poder celestial. Toda la ciudad irá jurando al nuevo rey bajo los sonidos de las “trompetas e atabales e otros ministriles”. Finalmente volverán al Alcázar para dejar alzado el pendón en la “torre blanca”.
Finalmente, la comitiva municipal partirá hacia la casa capitular para tomar la ropa de luto e iniciar las honras por el difunto rey don Juan en la iglesia mayor.

Bibliografía:

Moreno Arana, Juan Antonio: "Escenarios sonoros del poder municipal en España durante la Edad Moderna: el caso de Jerez de la Frontera".  Vinculos de Historia, 10 (2021), pp. 90-106.